La ópera prima de Florian Henckel von Donnersmarck es de esas películas que te agarran el alma y no te la sueltan por un par de días.Es una peli tan pero tan bien actuada por su protagonista principal,que gracias a él este film ha sido nominado a una buena cantidad de premios,y probablemente varios de ellos le serán otorgados.La belleza de la película de von Donnersmarck reside en que confía en el público para captar los pequeños cambios y motivaciones en los personajes, incluso si, aparentemente, son inexplicables.
"La Vida de los otros", es una mirada al espionaje en la antigua Alemania del Este, donde un agente de inteligencia llamado Wiesler es destinado –al menos parcialmente por su propia acción- a mantener, literalmente, un ojo y una oreja en el dramaturgo Georg Dreyman (Sebastian Koch, el oficial nazi en Black Book) y en su novia, la actriz Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck, Deliciosa Martha). Sus bohemias existencias parecen, de algún modo, encajar con la línea del partido y Wiesler no puede descubrir ninguna mancha, hasta que un incidente que involucra a Jerska, el dramaturgo amigo de Dreyman (Volkmar Kleinert), cambiará tanto a Dreyman como al hombre que le sigue cada movimiento. La primera vez que Wiesler se da cuenta de que ocurre algo sospechoso en la casa de Dreyman, actúa de un impulso y lo omite de su informe diario. Esta pequeña acción irá en aumento a través del resto de las vidas de todos los personajes. Es poco probable que hubiera permitido tal error si hubiese sabido las consecuencias de su decisión pero, una vez tomada, ha decidido el destino de todos los personajes para los años venideros.
Para mí una de las escenas mas bellas, y que me desnuda definitivamente al HUMANO, que hay detras de Wiesler,ese agente de inteligencia que no se inmuta con nada,que su rostro permanece impávido ante tana incoherencia de su Alemania que cuida..es esta:
"Un hombre con mirada al vacío entra en un ascensor de un anónimo rascacielos del Este de Berlín en 1984. Justo antes del cierre de las puertas, rebota dentro un balón de fútbol, seguido de su joven dueño. Se cierran las puertas. El ascensor comienza a moverse. El chico levanta la vista hacia el hombre y pregunta: “¿Es cierto que trabaja para la Stasi?” El hombre responde bruscamente: “¿Quién lo dice?”, a lo que el chico contesta: “Mi padre”. Tranquilo, el hombre prosigue: “Y, ¿cómo se llama…”; a mitad de la frase. “¿Quién?”, quiere saber el chico. Algunos segundos de silencio. “¿Tu balón?” pregunta el hombre con incredulidad en su voz, como si no pudiera creer lo suficiente esas palabras que acaban de salir de su boca. “¡Está loco!” dice el chico, “los balones no tienen nombre!”

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