"La Educación de las hadas", y el regalo de Irene Jacob en la pantalla


Un argumento muy sencillo, de arranque imposible y desenlace irrelevante, sirve para exprimir un mundo donde siempre es otoño, donde todo huele a pérdida y tiempos muertos. La niebla de la nostalgia lo empapa todo: un padre innato sin hijos, un niño imaginativo sin fe, una mujer vital sin esperanzas y una inmigrante sin libertad. De algún modo José Luis Cuerda siempre empuja a sus personajes a que persigan sus sueños, aunque se pueda intuir sin margen de error el destino de cada uno. Poseen todo el arrojo que escasea en la vida real, pero, y al contrario que en su anterior película, en esta ocasión permite que esa valentía no choque contra muros lisos y que se alce victoriosa sobre todos los demás sentimientos. Aquí estriba la principal flaqueza del director y guionista: todos son tan buenos y benévolos que resulta imposible creer en ellos más que como protagonistas de un cuento de hadas. Entonces se introduce el factor real, la vocación de denuncia tan propia del realizador, y hay algo que chirría, que revela el engaño verbal y visual en que nos ha sumido por un breve período de tiempo.

Fuente:Labutaca

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